Camino hacia el cielo
- Ana Sofia Ruiz

- 14 abr
- 2 min de lectura
Actualizado: hace 2 días
Hoy quiero escribir sin estructura, sin perfección, sin intentar decir “lo correcto”. Quiero darte la bienvenida a este espacio y escribir sobre lo que Dios ha hecho en mí, en mi historia junto a Él y la sanación y redención que ha traído a mi vida.
Porque si algo he descubierto es que la sanación no llega como lo esperaba: de forma rápida y sin dolor, pero la realidad es que no llega haciendo ruido, no llega de golpe y no llega cuando ya entendiste todo; es algo que sucede despacio, casi en silencio.
Como si Dios no quisiera imponerse, sino ser recibido.
Pasé por momentos donde no entendía nada, donde no quería mirar hacia dentro porque dolía demasiado, mi corazón estaba lleno de preguntas y Dios parecía guardar silencio.
Y aunque hoy podría decir que Él siempre estuvo, no lo sentía. Y eso también es parte del camino.
Lo que fuí descubriendo es que Dios no sana desde lejos, Dios entra. Entra en lo que no has podido ordenar, en lo que te cuesta nombrar y en lo que escondes incluso de ti mismo.
Y no lo hace para señalarlo, sino para restaurarlo desde el amor.
En ese proceso, María ha sido un refugio y no como una idea, sino como una presencia real. He aprendido a mirarla y entender que la pureza no es perfección, sino un corazón que no se guarda nada para sí. Un corazón disponible y que confía incluso cuando no entiende.
Y ahí, en su forma de amar, he encontrado descanso.
En este camino Dios me dió herramientas y puso personas que han sido fundamentales en el proceso de dejarme amar cada vez más por Él. San Juan Pablo II y la Teología del Cuerpo me han ayudado a comprender algo que cambió mi forma de verme: mi historia no es un error que debe ser corregido, es un lugar donde Dios quiere habitar y desea transformar. Todo puede ser redimido si lo ponemos a los pies de Cristo en la cruz.
Incluso lo que dolió y lo que no salió como esperaba.
Hoy sigo en proceso, sigo aprendiendo a confiar, a soltar, a dejar de querer controlar lo que no me corresponde; a dejarme ver por quien es el Amor y a descubrirme a través de su mirada, pero ya no camino igual, porque ahora sé que no necesito tener todo claro para estar en las manos correctas.
Si hoy estás en un lugar donde no entiendes lo que Dios está haciendo, solo quiero decirte algo: no te está abandonando. Te está formando. Te está sanando de una manera más profunda de la que ahora puedes ver.
Y si no sabes cómo empezar, empieza por quedarte. Dios no necesita perfección, solo necesita un corazón dispuesto y disponible para su obra.
En este espacio no seré la única que tiene una historia por contar, aquí vas a encontrar más voces e historias que pueden ayudarte a seguir avanzando, creciendo y sanando en tu camino hacia el cielo.
Recuerda que: ¡al cielo no llegamos solos!

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