El dolor de soltar y la gracia de confiar.
- Laura Antequera
- 22 jun
- 4 min de lectura
Actualizado: 19 jul
Últimamente he sentido que Dios me está enseñando a soltar, algo que, para mi personalidad, es difícil y, honestamente, no pensé que doliera tanto.
Crecí pensando que dejar algo atrás significaba que ya no lo amaba. Como si despedirse fuera una señal de indiferencia o de fracaso. Pero con el tiempo he descubierto que, muchas veces, ocurre exactamente lo contrario. A veces amas tanto una etapa de tu vida, un lugar, una comunidad o una versión de ti misma, que despedirte también se convierte en un duelo.
Hace poco viví uno de esos momentos, sin que nadie me dijera nada, mi corazón sabía que algo estaba cambiando. Por fuera todo seguía viéndose igual. Las mismas rutinas, los mismos lugares, las mismas personas. Pero dentro de mí había una sensación constante de movimiento, como si Dios estuviera tocando una puerta que yo todavía no quería abrir.
Durante semanas intenté ignorarlo. Me repetía que seguramente eran ideas mías, que no había ninguna razón para sentirme así. Pero entre más intentaba quedarme donde estaba, más evidente se volvía que Dios me estaba invitando a dar un paso diferente. Y no lo voy a negar: eso me asustó.
Porque estaba cómoda.
Porque lo conocido nos da una sensación de seguridad de la que nadie quiere salir. Nos acostumbramos a ciertos lugares, a ciertas dinámicas y a ciertas personas. Y cuando algo amenaza con cambiar, lo primero que queremos hacer es aferrarnos. Sin embargo, también tuve que reconocer algo que me costó aceptar: esa misma comodidad que tanto me tranquilizaba ya no me estaba ayudando a crecer. Y creo que a muchos nos pasa lo mismo.
Le pedimos a Dios cambios, propósito, nuevos caminos y respuestas. Le pedimos que transforme nuestra vida y nos acerque más a aquello para lo que fuimos creados. Pero cuando esas respuestas empiezan a llegar, descubrimos que toda transformación implica dejar algo atrás.
Queremos el milagro, pero no siempre queremos el proceso.
Queremos la promesa, pero no la incertidumbre que muchas veces la acompaña.
Queremos llegar al lugar nuevo sin tener que salir del lugar conocido.
Y ahí es donde aparece una de las mayores dificultades de nuestra relación con Dios: queremos entenderlo todo. Queremos saber exactamente qué va a pasar, cuánto tiempo tomará, qué encontraremos al otro lado y si todo saldrá como esperamos. En otras palabras, queremos controlar aquello que Dios nos está pidiendo confiar.
Pero Jesús me ha mostrado algo muy simple, algo que se repite una y otra vez en la vida espiritual: Confiar no siempre se siente seguro.
Hay una frase que me acompaña desde hace mucho tiempo y que se ha convertido en una oración constante en mi vida: "Jesús, no te entiendo, pero confío." Porque muchas veces confiar no se parece a tener todas las respuestas. Se parece más a seguir caminando cuando todavía hay preguntas. A aceptar que una etapa terminó aunque la hayas amado profundamente. A reconocer que has crecido y que Dios tiene algo nuevo preparado para ti. A entender que existen lugares donde ya no puedes quedarte, aunque te duela irte.
Y cuando pienso en todo esto, inevitablemente pienso en la Santísima Virgen María.
Porque pocas personas entendieron el significado de confiar como ella. Desde el momento de la Anunciación tuvo que aprender a caminar sin comprender completamente el plan de Dios. No conocía todos los detalles del futuro ni sabía cómo se desarrollarían los acontecimientos que cambiarían su vida para siempre. Sin embargo, dijo que sí.
Un sí pronunciado en medio de la incertidumbre.
Un sí que no nació de tener todas las respuestas, sino de confiar en Aquel que sí las tenía.
Y cada vez que me cuesta soltar algo, esa actitud de María me confronta. Porque donde yo quiero claridad inmediata, Dios me invita a la confianza.
Donde yo quiero garantías, Él me pide fe.
Donde yo quiero controlar el proceso, Él me recuerda que sigue siendo el autor de la historia. Me encantaría decir que hoy tengo todas las respuestas a las incógnitas de mi vida, pero la verdad es que no.
Todavía hay despedidas que me duelen.
Todavía hay decisiones que me cuestan.
Todavía existen cambios que me generan miedo.
Pero en medio de todo eso he descubierto algo hermoso: soltar no siempre significa perder.
Muchas veces significa que Dios está abriendo espacio para algo nuevo.
Significa que me está llevando a un lugar distinto, aunque todavía no pueda verlo con claridad. Y aunque no conozca cada detalle del camino, puedo confiar en quién me está guiando.
Por eso, si hoy estás atravesando una etapa donde sientes que algo está cambiando, donde hay incomodidad, nostalgia o miedo por lo que viene, quiero recordarte algo:
tal vez no estás perdiendo el rumbo, tal vez Dios simplemente te está enseñando a confiar de una forma nueva.
Y aunque ahora no entiendas todo lo que está pasando, quizás algún día mirarás hacia atrás y descubrirás que aquello que tanto miedo te daba soltar fue precisamente lo que Dios utilizó para llevarte a donde siempre quiso que estuvieras.
Hasta entonces, sigue caminando.
Y si no encuentras las palabras para orar, repite esta sencilla oración:
"Jesús, no te entiendo, pero confío."