La fragilidad que me acerca a Dios.
- Isabela Jiménez
- hace 7 horas
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Hace poco, mientras veía reels en Instagram, me encontré con un video de un creador de contenido católico que explicaba, por medio de una analogía, qué era la concupiscencia. Decía que los seres humanos somos como barcos que navegan por el mar. Sin embargo, una gran tormenta —el pecado original— dejó en el barco un daño irreparable: una inclinación hacia un lado. Ese daño hace que navegar sea mucho más difícil, porque exige que el capitán mantenga siempre las manos firmes sobre el timón. Si se confía, poco a poco y sin hacer ruido el barco terminará desviándose hacia las rocas.
La concupiscencia es precisamente esa inclinación interior. No es el pecado en sí mismo, sino esa tendencia que permanece en nosotros y nos inclina hacia él. La Iglesia Católica lo explica en el Catecismo: «La concupiscencia procede de la desobediencia del primer pecado. Desordena las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados» (CEC 2515).
Esta inclinación, inevitablemente ligada a nuestra naturaleza herida, nos empuja cada día a alejarnos de la amistad con Dios y a dejarnos llevar por nuestras pasiones y deseos desordenados, incluso cuando conocemos las consecuencias. Santiago lo expresa en su carta: «Cada uno es tentado por su propia concupiscencia, que lo atrae y seduce. Después la concupiscencia, una vez concebida, da a luz el pecado; y el pecado, cuando llega a su madurez, engendra la muerte» (Santiago 1, 14-15).
La muerte que produce el pecado ha llegado a mi vida en varias ocasiones, y fue solo cuando permití que Dios entrara en mí que pude recibir, por medio del perdón de mis pecados, la promesa de la vida eterna. Sin embargo, había una pregunta que seguía resonando en mi corazón: ¿de qué me sirve ser consciente de mi naturaleza herida, de mis pasiones y de mis deseos, si, a la hora de la verdad, no soy capaz de enfrentar la tentación ni esa inclinación constante hacia el pecado?
He dedicado tiempo a conocer mi fe. He leído la Palabra de Dios, he rezado novenas, he acudido al sacramento de la Reconciliación y he recibido al Señor en la Eucaristía. Entonces, ¿qué me falta para enfrentar aquello que me hace pecar y me aleja de Dios? Con el tiempo comprendí que la respuesta era: nada.
Pero no en el sentido que piensan. No es que esté a nada de poder vencer el pecado por mis propias fuerzas, es que nada de lo que haga, por mi misma, será suficiente para derrotarlo. Conocer mi naturaleza herida no me da la capacidad de vencer el pecado; más bien me lleva a dejar de confiar únicamente en mí, en mi fuerza de voluntad, en mi capacidad de negarme a mí misma, y me lleva a volver la mirada hacia Aquel que ya venció al pecado y a la muerte: Jesucristo.
Comprendí que reconocer mi fragilidad no es motivo de desesperanza, sino de vigilancia: así como el capitán nunca deja de corregir el rumbo porque conoce la inclinación de su barco, también yo necesito permanecer despierta. La Iglesia, que me acompaña en cada momento, dice que esta lucha «forma parte de la experiencia cotidiana del combate espiritual» (CEC 2516).
Hoy hace parte de mi vida diaria el enfrentarme al pecado con prácticas que me mantienen alerta y con las manos sobre el timón, pero para mi es necesario no olvidar que es la fuerza del Espíritu, el perdón del Padre y el ejemplo del Hijo, los que me sostienen con firmeza hacia la rectitud de corazón.
La fragilidad, lejos de negar una amistad con Dios, me mantiene alerta y tiene un propósito más profundo, porque quien reconoce su pecado comprende cuánto necesita un Salvador. Necesito de su gracia, de su misericordia, de su paciencia y, sobre todo, de su perdón. Y quizá ese sea uno de los mayores frutos de profundizar en la fe: no descubro cuánto sé sobre Dios, sino cuánto lo necesito.