Medjugorje: la misión de María hoy.
- Ana Sofia Ruiz

- 9 jul
- 3 min de lectura
Actualizado: hace 6 días
Medjugorje: el lugar donde María me recordó que el cielo también comienza aquí.
Hay lugares que uno marca en un mapa y hay otros que Dios marca primero en el corazón.
Medjugorje es ese lugar para mí.
Durante años soñé con peregrinar al pueblito de la Reina de La Paz. No era un sueño nacido de la curiosidad o del deseo de conocer un lugar más en el mundo. Era un anhelo más profundo, de esos que Dios va sembrando en el corazón con paciencia y que, sin que uno lo note, se convierten en una oración silenciosa.
Había escuchado tantos testimonios sobre Medjugorje. Personas que hablaban de conversiones, de reconciliaciones, de una paz que sobrepasaba todo entendimiento. Pero, mientras se acercaba el día del viaje, le pedía al Señor y a la Virgencita una sola cosa: "No permitan que venga buscando experiencias extraordinarias. Permítanme encontrarlos en lo sencillo a ustedes."
Y creo que esa fue la primera gracia que la Gospa me regaló. Llegué buscando un lugar y encontré un hogar.
Hay algo que cuesta explicar cuando uno pone un pie en Medjugorje y no, no fueron las montañas, ni la iglesia; tampoco los miles de peregrinos que llegan desde todas partes del mundo, claro que eso impacta, pero dentro de mi, sucedía algo mucho más llamativo.
Era una sensación muy sencilla, pero profundamente real: me sentía esperada. Como cuando llegas a la casa de alguien que te ama y, antes de tocar la puerta, sientes que ya estaban aguardando tu visita.
Eso experimenté desde el primer momento. No porque hubiera algo extraordinario en el ambiente, Medjugorje realmente es un lugar muy sencillo, hermoso, pero sencillo; pero es extraordinario porque el corazón y el alma comienzan a descansar después de mucho tiempo.
Entendí que así actúa María. No hace ruido para llamar nuestra atención, simplemente prepara un hogar donde la persona vuelve a sentirse hijo. Y aunque es tierra de María, la Gospa no quiere quedarse solo con nuestra mirada.
Mientras los días pasaban y más me sumergía en el carisma de Medjugorje, resonaba una palabra que empezó a sonar familiar: Gospa. Así llaman con cariño a la Virgen María. Me conmovía escuchar a los peregrinos y locales pronunciar ese nombre con tanta cercanía, entusiasmo, alegría y familiaridad. No era una devoción distante, sino el lenguaje de los hijos que saben que tienen una Madre.
Mientras participaba en la Eucaristía en la Iglesia Santiago Apóstol, rezaba el Rosario, me confesaba y caminaba por las calles de este humilde pueblo; contemplaba el ir y venir de tantos peregrinos, confirmaba una verdad que se hacía cada vez más evidente dentro de mí.
María nunca busca ocupar el lugar de Jesús. Todo lo contrario.
Su misión es conducirnos hacia Él. Es como una madre que toma la mano de su hijo para llevarlo hasta el abrazo de su padre. Durante esos días comprendí que la verdadera belleza de Medjugorje no está en lo que uno ve, sino en la forma en la que María va orientando el corazón de cada peregrino hacia Cristo, casi sin que uno se dé cuenta. Y entonces recordé las palabras que pronunció en las bodas de Caná: "Hagan todo lo que Él les diga." (Juan 2,5).
Esa ha sido y sigue siendo la misión de María hoy.
Reconozco que el hacer silencio interior es algo que me cuesta un montón, pero en Medjugorje, Dios habla en el silencio. Vivimos en un mundo que nos acostumbra al ruido. Corremos de una tarea a otra, llenamos nuestros días de notificaciones, conversaciones, preocupaciones y pendientes. Incluso nuestra oración, muchas veces, termina siendo una lista interminable de cosas por decir.
Pero en Medjugorje el silencio no era ausencia, era presencia. Había momentos en los que no encontraba palabras para rezar y, sorprendentemente, no hacían falta. Sentía que Jesús ya conocía todo lo que llevaba dentro.
Como si, por primera vez en mucho tiempo, no tuviera que demostrar nada, solo permanecer. Creo que esa fue una de las gracias más grandes de esta peregrinación: volver a descubrir que la oración no comienza cuando hablamos, sino cuando nos dejamos mirar y acompañar por Dios.
Me di cuenta que la peregrinación apenas comenzaba. Llegué pensando que había viajado miles de kilómetros para conocer un santuario. Pero muy pronto comprendí que Dios tenía otros planes. La verdadera peregrinación no era recorrer las calles de Medjugorje, era permitir que Él recorriera los caminos de mi corazón.
Aún faltan muchos más detalles por contarte, que poco a poco iré plasmando en papel y subiendo a esta sección.
Gracias por estar aquí, espero que, si no haz tenido la oportunidad de peregrinar e ir al pueblito de la Reina de La Paz, ella te conceda poder hacerlo y descubras mucho más de lo que yo pude vivir.



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