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La sanación: el camino para ser libre, feliz y santo.

Hoy en día todos quieren decirnos qué hacer. Qué hacer para tener un mejor trabajo, qué hacer para tener un mejor cuerpo, qué hacer para tener mejores amigos, incluso qué hacer para encontrar la pareja ideal. En resumen, qué hacer para ser “verdaderamente feliz”, pero ¿será que encontrar la plenitud en todo lo anterior, es lo que nos haría realmente felices?


Durante muchos años le creí al mundo eso, que, encontrando un gran trabajo, permaneciendo “saludable” haciendo dietas y ejercicio, teniendo una gran vida social y una pareja bien, sería perfectamente feliz. Pero, algo faltaba. De hecho, entre más recuerdo, me doy cuenta de que muchas cosas faltaban, pero una era fundamental: sanar.

Y el tema es que hoy también se habla mucho de eso, ¿no? Pero sanar es la punta del iceberg que implica mirar hacia adentro, de la mano de Dios, y descubrir, restaurar y amar tu verdadera identidad: que eres un/a hijo/a amado/a de Dios. Parece fácil, pero hoy en día hay muchas fuerzas en el mundo intentando convencernos de que esto es una pérdida de tiempo, esfuerzo, recursos y vida. Pero como dijo la Santa Madre Laura Montoya: “ay pícaro mundo, ¡qué tal si te hubiera creído!”.


Todos crecemos en los entornos y familias que Dios pensó para nosotros (a veces nos cuesta creer que en eso Él no se equivoca) y aunque triste pero cierto, es allí donde nos causan y causamos las heridas más profundas, incluso antes de que tengamos una consciencia de ello. Pero no podemos olvidar que hasta en nuestros dolores más grandes, ahí estuvo Jesús. Sí, en eso vergonzoso que no nos atrevemos a contarle a alguien más, en eso que nos ha costado tantas lágrimas y sobre todo en esas situaciones en las que le hemos preguntado “¿dónde estabas?”; ahí estaba Él. Porque de eso se trata la cruz, su cruz, la que revivimos cada Viernes Santo y en cada eucaristía. Está ahí para recordarnos que Jesús sufrió con nosotros y sufre con nosotros cada día. Que nos acompaña en nuestro dolor, en especial en ese que parece que nadie entiende.


En lo personal, entender que Jesús siempre estuvo ahí fue mi cuerda auxiliar. Revivir esos momentos imaginándolo a él, recibiendo el dolor también fue la herramienta más poderosa de sanación. Pero creo que el tema acá no es solo darte los tips y decirte “haz esto o aquello” para sanar. Sino que entiendas, y me incluyo porque siempre se me olvida, que Dios nos quiere sanos, nos quiere libres, nos quiere amando y por encima de todo nos quiere felices; porque en eso se traduce la sanación: en ser libre para amar y por consiguiente ser felices.


Si alguna vez te habías preguntado qué quiere Dios para ti, la respuesta es que quiere que seas feliz y para ser felices tenemos que ser santos y para ser santos tenemos que ser libres y amantes. Sé que suena confuso, pero conforme lo vives, lo entiendes. En mi caso, la Verdadera Vida empezó cuando decidí decirle que sí a Dios y decidí creerle. Creerle que valgo más que mis errores, que mis pecados y que mis heridas. Que mi identidad no la define el mundo o las modas, sino quien me creó. Pero sobre todo creerle que hay cosas más importantes, como la pureza de corazón, la inocencia, la verdad y sobre todo la santidad.


No hay algo que valga más que la santidad. No hay algo que sea más placentero, que sea más divertido, que sea más bueno, que la santidad. Y por favor no me malinterpretes, no soy santa y seguramente hay más pecado en mí que santidad; pero en el camino de la vida, cuando te gusta algo lo buscas, te esfuerzas, si es un título universitario, estudias, si es una comprita, ahorras, si es un performance, te preparas; ¿por qué no hacer lo mismo con la santidad? Y para ser santos tenemos que ser libres y sanar nuestro corazón.


Siempre soñé con una familia hermosa (y luego también le añadí “santa”) y el Señor me prometió ese “hombre al cual prodigarle amor”, textualmente en sus palabras, pero no fue hasta que de verdad empecé a cargar mi cruz, junto con Jesús, y a sanar, que llegó esa persona con quien, Dios mediante, nos casaremos el otro año; y no quisiera que te quedes solo con “en cuánto tiempo va a llegar mi promesa”, sea de un hombre o de una vocación o de algo material, sino que quisiera que te quedes en la disposición del corazón. En la importancia de hacer espacio para que Dios habite en nuestro corazón y nos prepare para el cumplimiento de sus promesas, porque al final eso es sanar, eso es hacernos libres.


Es cierto que Dios no escoge a los preparados sino que prepara a los escogidos. Pero tenemos que estar dispuestos a ser escogidos y como lo dijo Pablo en Corintios: alertas, firmes en la fe; o como lo dijo el mismo Jesús en Mateo: estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora.


Ahora bien, ten paciencia, porque no hay algo que necesite más paciencia que la vivencia de la voluntad de Dios en nuestra vida. La felicidad que viene de buscar la santidad no se afana y sanar es un proceso de toda la vida, porque somos constantemente heridos. Pero si hay algo que podemos creer con seguridad es que el Señor no nos deja solos y para la muestra un botón: nuestro ángel de la guarda, y de ahí para adelante, infinidad de compañía más. 


Para cerrar, te dejo este mensaje de la Santísima Virgen María en su advocación de la Reina de La Paz:


“¡Queridos hijos! El Altísimo en su bondad me ha confiado a ustedes para guiarlos por el camino de la paz. Muchos han respondido y oran, pero hay muchas criaturas que no tienen paz y no han conocido al Dios del amor. Por eso, hijitos, oren y amen; formen grupos de oración para animarse mutuamente al bien. Yo estoy con ustedes y oro por su conversión. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!" – 25 de octubre de 2025.

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